22 junio, 2010

La tomó entre sus brazos. El brillo de los ojos se extinguía a pasos agigantados y él los miraba rezando que no se perdiese por un segundo. Ella sin embargo se había ido.
La policía llego momentos después, él quiso explicar pero alguien pensó que los hechos hablaban por si mismos. Dos autos, un choque, el cuerpo muerto en el asfalto y él con su pelo largo, sus collares maories y su aspecto desaliñado. Lo esposaron, le pegaron y lo metieron dentro del patrullero.
Quiso gritar que era su esposa, que sí! que la había matado pero no de un modo que implique dejarlo detrás de los barrotes. Que no podía con tanto dolor. Que la discusión se había tornado insoportable. Que en su furia deseó irse muy lejos. Que ella tomó el otro auto. Que salio a buscarlo, a correrlo, a encontrarlo.
Que cuando volvieron a encontrarse ya era muy tarde.