Por esa época me
gustaba comer maní con cáscara directo de la bolsa de papel madera. Más que el maní,
disfrutaba de apretar, hacerlo crujir y ver como se abrían por la mitad para
mostrar dos o a veces tres bolitas bordó bien alineadas (como chauchas, como
cuentas). Fumaba tabaco Camel para armar y llevaba las uñas rojas, largas, soberbias; usaba
el pelo suelto, corto, que cepillaba mi nuca, y aros a presión de perlas
blancas heredados de mi abuela.
Subía en Les Sablons
para bajar en Charles de Gaulle Etolie, combinaba con el RER A, seguía hasta
Chatelet, cruzaba de andén y tomaba el RER B hasta Denfert Rocherau. En las
horas que invertía en transportarme de un lugar a otro memorizaba las
estaciones de las distintas líneas de atrás hacia adelante y viceversa. Esa
tarde mi esfuerzo estaba puesto en la línea amarilla (Chateau de Vincennes,
Berault, Pte. de Vincennes, Nation, Reuilly-Diderot...) mientras hacía pequeñas
montañas rusas con el cable de mis auriculares al ritmo de un rap.
Esa tarde lo conocí: dijimos
tres veces la misma frase al mismo tiempo, dos en español y una en francés. Los
dos esperábamos el RER B, él iba hacia el aeropuerto Charles de Gaulle y yo, a
diferencia de mi itinerario normal, viajaba hacia Orly. Cuando me bajó la
presión decidí que lo más coherente era dejar mi cartera en el banco y arrastrarme,
para tratar de evitar un desmayo en público, hacia alguna maquina expendedora
que pudiera darme azúcar. La de mi andén no funcionaba; la del otro andén se
tragó mis monedas.
Sentada en el piso, el
pantalón desabrochado y en musculosa, me puse a golpear la máquina rodeada de
un semicírculo de abrigos y con mis pertenencias desparramadas por ahí. Él se
acerco a decirme algo que no entendí ni traté de entender (no era momento para sociales),
y sin que le importara mi pésimo humor, me alcanzó una caja abierta de palitos
de chocolate Mikado que recibí con la desproporcionada emoción que generan los
regalos inesperados.