22 agosto, 2011
realize
Y entonces un día te das cuenta que todo marcha bien, que en el trabajo te pagan de más por tu buen desempeño, que en la facultad tenés notas ridículamente altas, que las clases te interesan y te incitan a pensar que vas por el buen camino, que tu profesor de violín te felicita por tu progreso, que en el taller literario lo que escribís gusta, que estás yendo todo lo que querías a danza, que tenés amigos increíbles, incomparables y que incluso en casa las cosas van bien y con tus viejos estás planeando el viaje que hace tiempo querías hacer.
Pero estas sola, bastante sola, lo suficientemente sola. Y lo único que deseas es una persona que haga que faltes al trabajo, que no estudies para los parciales, que descuides tu vida perfectamente planificada.
Sólo querés alguien que comparta lo que te pasa o que te de una buena razón para mandar todo al carajo, o por supuesto, alguien para ser feliz.
12 agosto, 2011
La cama desde adentro
Más allá de lo que cualquiera pueda decir, toda la idea del aprendizaje está basada en cierto lazo de confianza profesor-alumno. Por eso esa tarde, cuando le confesé la envidia que me daba, cuando le pregunté cómo hacía, en qué momento había decidido dedicar su vida con devoción a una sola cosa, a una única rama, le creí. Me dio una respuesta lógica y convincente: explicó que de a poco, por las pequeñas decisiones de la vida, uno se encuentra direccionado hacia un lado o hacia otro y que, para bien o para mal, lo que sobra queda en el camino.
Ahora, mientras agito la mano izquierda para que la ráfaga de aire o la batidora constante de músculos alivien el dolor de los dedos, en especial la punta del índice y las articulaciones del meñique, empiezo a sospechar que me mintieron (o me mentí), porque las decisiones no llegan solas: apenas se multiplican las bifurcaciones. Pienso que es el aluminio de las cuerdas del violín lo que hace brotar la sangre, que limpiaré con la lengua, y me dará el fuerte gusto de la resina, seca, áspera, pegajosa.
Falta poco para el concierto; salgo a comprar más cigarrillos y más vino. El kiosquero me mira mal porque otra vez estoy en camisón (no parece un vestido, se nota camisón) y tal vez también por el vino (no es hora, aunque siempre es horario de vino). De regreso en el departamento, como no puedo tocar, ni dormir, ni volver a salir, miro películas que ya conozco y en las que puedo repetir las líneas, imitar las voces y las caras.
Aceptada la desdicha, decido probar si el medio kilo de Haagen-Dazs con leche está tan bueno como se ve en las películas yanquis (y no está nada mal). Mientras hiberno, veo que los libros, los papeles y los platos sucios se acumulan. Hago la cama desde adentro de la cama misma y porque los dedos duelen menos repartidos en seis cuerdas abrazo la guitarra.
Suena el timbre (lo dejo sonar) y escucho girar la cerradura. Tengo miedo (un miedo estúpido: quien tenga esa llave me conoce), me invade un sentimiento abrumador, de esos que provoca la oscuridad después de una pesadilla. Tal vez arrastrada por la misma estupidez (o sólo por instinto) agarro con fuerza el cuchillo que corona una pila de platos.
Está claro que el escenario no favorece mi pequeña miniserie de terror (por el sol que entra por las ventanas, porque son las tres de la tarde y por otros detalles menores) pero soy de piedra y no me importa nada. Sin embargo, Lucas abre la puerta para encontrarse con una escena de terror: joven concertista arrinconada entre la basura con un Tramontina en alto.
Suelto el cuchillo y me pongo a llorar. Lucas levanta las llaves (que se le cayeron del susto) y se ríe. Yo acompaño su risa con lágrimas gordas y él me abraza un poco. Sin decir una palabra me lleva de los hombros hasta la ducha, en la que me hace entrar vestida, en camisón. Cuando salgo Lucas ya preparó el corpiño, la bombacha y el vestido largo, todo dobladito sobre el bidet.
Desde el living-dormitorio escucho el lavaplatos y Lucas, ya ordenado gran parte del desastre, se sienta en la cama para peinarme (siempre le gustó peinarme) mientras yo solfeo (dodo miii re solsilaa sidoo sidoo). Me pregunta cuantos años más va a durar esto (no estoy segura a qué se refiere con esto) y le digo que son sólo cuatro movimientos.
Me mira fijo y me dice que no puedo seguir así, que cada año pasa lo mismo, que tengo que aprender a tomar decisiones, hacerme cargo de las cosas (también dice algo de comportarme como un adulto). Sollozo y cruzo los brazos, él me da un golpecito y pregunta cómo sería mi vida sin él (me callo: no sería nada).
Suena el timbre (Lucas no soporta dejarlo sonar) y empiezo a calzarme. Él se incorpora para tomar el estuche, las partituras, el atril (ya plegado y guardado en su funda) y me toma del brazo. Mis tacos arañan el parquet (desesperados por volver a la cama), pero al final ceden. Ya los dos dentro del taxi, Lucas dice que vamos hasta Cerrito y Tucumán.
09 agosto, 2011
time machine
A veces no queremos volver a él, porque él representa parte de nuestro pasado. Él te recuerda a lo que eras antes, cuando todavía estabas con él. Y te gusta creer que cambiaste, que sos otra, que no querés ni precisás las mismas cosas que antes. No querés estar sola, y no querés estar con él para no estar sola.
¿Por qué será que las personas también se reflejan en uno? Como cuando te juntás con esa amiga de la primaria, o con ese grupo de la secundaria. Las personas son también, pequeñas máquinas de tiempo.
¿Por qué será que las personas también se reflejan en uno? Como cuando te juntás con esa amiga de la primaria, o con ese grupo de la secundaria. Las personas son también, pequeñas máquinas de tiempo.
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