29 septiembre, 2011

Metro I


Por esa época me gustaba comer maní con cáscara directo de la bolsa de papel madera. Más que el maní, disfrutaba de apretar, hacerlo crujir y ver como se abrían por la mitad para mostrar dos o a veces tres bolitas bordó bien alineadas (como chauchas, como cuentas). Fumaba tabaco Camel para armar  y llevaba las uñas rojas, largas, soberbias; usaba el pelo suelto, corto, que cepillaba mi nuca, y aros a presión de perlas blancas heredados de mi abuela.
Subía en Les Sablons para bajar en Charles de Gaulle Etolie, combinaba con el RER A, seguía hasta Chatelet, cruzaba de andén y tomaba el RER B hasta Denfert Rocherau. En las horas que invertía en transportarme de un lugar a otro memorizaba las estaciones de las distintas líneas de atrás hacia adelante y viceversa. Esa tarde mi esfuerzo estaba puesto en la línea amarilla (Chateau de Vincennes, Berault, Pte. de Vincennes, Nation, Reuilly-Diderot...) mientras hacía pequeñas montañas rusas con el cable de mis auriculares al ritmo de un rap.
Esa tarde lo conocí: dijimos tres veces la misma frase al mismo tiempo, dos en español y una en francés. Los dos esperábamos el RER B, él iba hacia el aeropuerto Charles de Gaulle y yo, a diferencia de mi itinerario normal, viajaba hacia Orly. Cuando me bajó la presión decidí que lo más coherente era dejar mi cartera en el banco y arrastrarme, para tratar de evitar un desmayo en público, hacia alguna maquina expendedora que pudiera darme azúcar. La de mi andén no funcionaba; la del otro andén se tragó mis monedas.
Sentada en el piso, el pantalón desabrochado y en musculosa, me puse a golpear la máquina rodeada de un semicírculo de abrigos y con mis pertenencias desparramadas por ahí. Él se acerco a decirme algo que no entendí ni traté de entender (no era momento para sociales), y sin que le importara mi pésimo humor, me alcanzó una caja abierta de palitos de chocolate Mikado que recibí con la desproporcionada emoción que generan los regalos inesperados.

23 septiembre, 2011

mis amigas dixit

"Escuchame, me voy a mandar tantas tantas cagadas que vas a tener que ir atrás mio juntando soretes"


(El que avisa no es traidor)

16 septiembre, 2011

Placeres Pecaminosos

Después de un intenso día de estudio de Adorno, Foucault, Derrida y otros, no hay nada como una mala comedia romántica yanqui que no me ejercite mi media neurona.

09 septiembre, 2011

Antídoto

Me desperté porque podía oler que el sol que estaba por salir. Lo miré acostado junto a mí, hermoso, inmóvil. Ya no maltrecho ni miserable, ya no sufría las heridas. Hacía tiempo que yo había dejado de llorar a mis muertos, que conseguían por el solo hecho de morir lo que yo jamás logré en la plenitud de la vida.
Me cambié los tacos, retoqué el esmalte de mis uñas. Después de tanto coquetear con la muerte, debería saber que a los muertos se los destapa, se los descubre.
Debía proceder con sumo cuidado: podía cortarlo en pedacitos y depositarlo debajo de las tablas de madera del piso; podía congelarlo desnudo en la heladera del desván; podía llenarlo de piedras y tirarlo al río; enterrarlo en el jardín de contrafrente; llevarlo a la jaula de leones del zoológico local; abandonarlo en la baulera del auto, quemarlo en las afueras de la ciudad; fundirlo en ácido fluorhídrico, cubrirlo con cemento en una construcción… o podía tan solo correr.
La muerte es simple, pura, porque deja la suciedad en los vivos, en mis manos. La muerte es egoísta, eso ya lo había escuchado: “Uno siempre llora por sí mismo. El horror no es el muerto, es el pánico que nos da una cachetada para hacernos saber que somos mortales.”
Encendí un cigarrillo con la hornalla y me serví un vaso de vino. El cuerpo de él, que había perdido el calor hacía horas, lucía un tono azulado en los labios, el rostro, en las extremidades. Sus últimas horas habían sido puro tormento: primero dilatación en las pupilas, vértigo, la piel húmeda y fría, la respiración agitada y superficial, el ritmo cardíaco cada vez más rápido, convulsiones y vómitos; en el tramo final el ritmo cardíaco lento, la quemazón interna, las pulsaciones irregulares, la presión baja y fallos respiratorios hasta perder la conciencia.
Salí a la calle, caminé rápido y entré a un bar, me senté, pedí un agua, la bebí de un trago y me fui. Luego caminé hasta volver confusos los recuerdos de la noche anterior. Caminé un poco más, aún más rápido, y al fin corrí, para solo detenerme a mirar la vidriera de una florería. 
No podía concentrarme y no entendía por qué ésta vez dolía tanto. Él era uno más en mi lista. Los muertos no se cuentan por nombre, sino por número.
Me apoyé contra la vidriera y vomité.
Luego me senté en el piso, en medio de la vereda vacía. Me até el pelo hacia atrás y me dí palmadas en el rostro para tratar de mantenerme despierta. Me maldije. Abrí la cartera y desparramé en la vereda todo su contenido. Tenía la visión nublada, y me costaba seguir la línea de mis propios pensamientos. Lápiz labial, anteojos de sol, lapiceras de colores. Dónde estás. Escuchaba los latidos de mi corazón.
B12, hidroxocobalamina. Aire, aire. Aliviada, me desplomé en la calle. 

03 septiembre, 2011

esa es la cuestión

Con tantos por leer ¿en qué momento se decide releer un libro?