20 junio, 2011

Otra vez estoy ahí. Tengo doce años, tengo catorce, tengo diecisiete. y después de tanto coquetear con la muerte debería haberme acostumbrado, pero no es así. Las caras son siempre distintas pero es siempre la misma. Duele, duele tanto. Al volver del velatorio siento los síntomas: el nudo del estómago, el puñal en el pecho, el cerebro que explota; y a todos los ignoro.
Limpio compulsivamente la casa. Como si barrer el piso y lavar los platos pudiese borrar la suciedad de la muerte.

6 comentarios:

Hugo dijo...

Malditas costumbres.

No deberíamos ir a los velorios. Solo recordar a la gente como nos gustaba verla, no metida en un cajón.

Martina.- dijo...

hoy descubri tu blog, me entretuve hasta llegar a febrero 2010.
a veces las palabras de la gente coumun son mas interesantes que los diarios y noticieros(incluyendo la peste mediatica farandulera que ni considero)
hoy te empiezo a seguir (:

Mariano dijo...

Coincido totalmente con el amigo Hugo. Hay cosas, costumbres, que nos tienen muy mal acostumbrados.

Todos pasamos en algún momento por eso. Y creamé, no hay detergente, lavandina o jabón en polvo que pueda limpiar ciertos dolores.

vientos de cambio dijo...

una vibración pesada que nace en el estante oscuro del pulso de muerte, se apodera de las manos y las escobas y las letras y basta de todo eso. dame olor a pasto recién cortado.

I. dijo...

el horror de descubrir que tampoco somos eso

BLUEKITTY dijo...

Hace tiempo me dijeron que hay que amigarse con la muerte para entender a la vida. Curiosa idea.