09 septiembre, 2011

Antídoto

Me desperté porque podía oler que el sol que estaba por salir. Lo miré acostado junto a mí, hermoso, inmóvil. Ya no maltrecho ni miserable, ya no sufría las heridas. Hacía tiempo que yo había dejado de llorar a mis muertos, que conseguían por el solo hecho de morir lo que yo jamás logré en la plenitud de la vida.
Me cambié los tacos, retoqué el esmalte de mis uñas. Después de tanto coquetear con la muerte, debería saber que a los muertos se los destapa, se los descubre.
Debía proceder con sumo cuidado: podía cortarlo en pedacitos y depositarlo debajo de las tablas de madera del piso; podía congelarlo desnudo en la heladera del desván; podía llenarlo de piedras y tirarlo al río; enterrarlo en el jardín de contrafrente; llevarlo a la jaula de leones del zoológico local; abandonarlo en la baulera del auto, quemarlo en las afueras de la ciudad; fundirlo en ácido fluorhídrico, cubrirlo con cemento en una construcción… o podía tan solo correr.
La muerte es simple, pura, porque deja la suciedad en los vivos, en mis manos. La muerte es egoísta, eso ya lo había escuchado: “Uno siempre llora por sí mismo. El horror no es el muerto, es el pánico que nos da una cachetada para hacernos saber que somos mortales.”
Encendí un cigarrillo con la hornalla y me serví un vaso de vino. El cuerpo de él, que había perdido el calor hacía horas, lucía un tono azulado en los labios, el rostro, en las extremidades. Sus últimas horas habían sido puro tormento: primero dilatación en las pupilas, vértigo, la piel húmeda y fría, la respiración agitada y superficial, el ritmo cardíaco cada vez más rápido, convulsiones y vómitos; en el tramo final el ritmo cardíaco lento, la quemazón interna, las pulsaciones irregulares, la presión baja y fallos respiratorios hasta perder la conciencia.
Salí a la calle, caminé rápido y entré a un bar, me senté, pedí un agua, la bebí de un trago y me fui. Luego caminé hasta volver confusos los recuerdos de la noche anterior. Caminé un poco más, aún más rápido, y al fin corrí, para solo detenerme a mirar la vidriera de una florería. 
No podía concentrarme y no entendía por qué ésta vez dolía tanto. Él era uno más en mi lista. Los muertos no se cuentan por nombre, sino por número.
Me apoyé contra la vidriera y vomité.
Luego me senté en el piso, en medio de la vereda vacía. Me até el pelo hacia atrás y me dí palmadas en el rostro para tratar de mantenerme despierta. Me maldije. Abrí la cartera y desparramé en la vereda todo su contenido. Tenía la visión nublada, y me costaba seguir la línea de mis propios pensamientos. Lápiz labial, anteojos de sol, lapiceras de colores. Dónde estás. Escuchaba los latidos de mi corazón.
B12, hidroxocobalamina. Aire, aire. Aliviada, me desplomé en la calle. 

5 comentarios:

querés melón? dijo...

me gustó este lado creepy.

I. dijo...

Increíble!! O_o

pd: haber trabajado en una farmacia me ayudó mucho en este relato, ¡quién diría! Besos, M.!

Mariano dijo...

"Uno siempre llora por sí mismo. El horror no es el muerto, es el pánico que nos da una cachetada para hacernos saber que somos mortale"

Sin palabras. Impecable.

Soy dijo...

Excelente. Y no sé más qué decir al respecto.

Definitivamente el consejo que más recuerdo de Drexler es el de no pensar de más cuando estoy sola.

Gladiola dijo...

Mmmm, muy bueno, pero me dejo un poco violentada la sangre, sepa disculpar :)