Me cambié los tacos, retoqué el esmalte de mis uñas. Después de tanto
coquetear con la muerte, debería saber que a los muertos se los destapa, se los
descubre.
Debía proceder con sumo cuidado: podía cortarlo en pedacitos y depositarlo
debajo de las tablas de madera del piso; podía congelarlo desnudo en la
heladera del desván; podía llenarlo de piedras y tirarlo al río; enterrarlo en
el jardín de contrafrente; llevarlo a la jaula de leones del zoológico local; abandonarlo
en la baulera del auto, quemarlo en las afueras de la ciudad; fundirlo en ácido
fluorhídrico, cubrirlo con
cemento en una construcción… o podía tan solo correr.
La muerte es simple, pura, porque deja la suciedad en los vivos, en mis
manos. La muerte es egoísta, eso ya lo había escuchado: “Uno siempre llora por sí mismo. El horror no es el muerto, es el
pánico que nos da una cachetada para hacernos saber que somos mortales.”
Encendí un cigarrillo con la hornalla y me serví un vaso de vino. El
cuerpo de él, que había perdido el calor hacía horas, lucía un tono azulado en
los labios, el rostro, en las extremidades. Sus últimas horas habían sido puro
tormento: primero dilatación en las pupilas, vértigo, la piel húmeda y fría, la
respiración agitada y superficial, el ritmo cardíaco cada vez más rápido,
convulsiones y vómitos; en el tramo final el ritmo cardíaco lento, la quemazón
interna, las pulsaciones irregulares, la presión baja y fallos respiratorios
hasta perder la conciencia.
Salí a la calle, caminé rápido y entré a un bar, me senté, pedí un agua,
la bebí de un trago y me fui. Luego caminé hasta volver confusos los recuerdos
de la noche anterior. Caminé un poco más, aún más rápido, y al fin corrí, para
solo detenerme a mirar la vidriera de una florería.
No podía concentrarme y no entendía por qué ésta vez dolía tanto. Él era
uno más en mi lista. Los muertos no se cuentan por nombre, sino por número.
Me apoyé contra la vidriera y vomité.
Luego me senté en el piso, en medio de la vereda vacía. Me até el pelo
hacia atrás y me dí palmadas en el rostro para tratar de mantenerme despierta. Me
maldije. Abrí la cartera y desparramé en la vereda todo su contenido. Tenía la
visión nublada, y me costaba seguir la línea de mis propios pensamientos. Lápiz
labial, anteojos de sol, lapiceras de colores. Dónde estás. Escuchaba los
latidos de mi corazón.
B12, hidroxocobalamina. Aire, aire. Aliviada, me desplomé en la calle.
5 comentarios:
me gustó este lado creepy.
Increíble!! O_o
pd: haber trabajado en una farmacia me ayudó mucho en este relato, ¡quién diría! Besos, M.!
"Uno siempre llora por sí mismo. El horror no es el muerto, es el pánico que nos da una cachetada para hacernos saber que somos mortale"
Sin palabras. Impecable.
Excelente. Y no sé más qué decir al respecto.
Definitivamente el consejo que más recuerdo de Drexler es el de no pensar de más cuando estoy sola.
Mmmm, muy bueno, pero me dejo un poco violentada la sangre, sepa disculpar :)
Publicar un comentario