Por tercer día consecutivo, Sofía, no duerme. Padece de lo que, en términos médicos, se califica como insomnio inicial, intermedio y final: dificultades graves para conciliar el sueño, dormir con interrupciones y despertar mucho antes de la hora planeada. Cuando logra dormir, nunca lo hace más de cuatro horas. Vive despierta.
En la primera noche dibujó ojos gigantescos, tanto como para cubrir con solo uno sus cartulinas de metro y medio por dos. Su profesor de biología de tercer año le dijo que hay que aprender a trabajar con los elementos que se tienen entre manos y, Sofía, siempre dibuja sobre sus cartulinas blancas con fragmentos de carbonilla.
Sin embargo, delinea ojos verdes, celestes, amarillos y muy pocas veces ojos negros de carbón. Son ojos extasiados, ojos suspendidos, caóticos, fascinados y hasta desencantados. Las líneas se curvan, se mezclan, se complican, pero Sofía no sabe dibujar, es secretaria en una oficina de ocho a seis todos los días.
La segunda noche fue de ojos pequeños, diminutos, reducidos como puntos, píxeles, rayitas.Ojos ensimismados y amontonados: ojos entrecerrados. Sofía ya no quiere mirar: todo le duele, todo le cuesta; el insomnio le cierra el apetito y el hambre no la deja dormir.
Sofía se define como noctámbula, nostálgica y tanguera. Y, aunque nunca haya entrado a una milonga, ayer tarareaba por lo bajo La Última Curda mientras afilaba un viejo lápiz de carbonilla que había encontrado en el recipiente de cucharones y espátulas del último estante de la cocina.
Hoy, en su tercera noche sin dormir, Sofía, que desde hace años prueba todo remedio confiable y no confiable que existe en el mercado para curar su enfermedad, piensa que tal vez una persona puede ser capaz de producir mal a otra sólo con mirarla. Y, aunque sabe que los principales síntomas del mal de ojo son adormecimiento y pesadez, ella de todos modos se siente perseguida.
Llama al trabajo para avisar que hoy tampoco va a poder asistir, ni cumplir con sus responsabilidades; para luego tomar viejos libros de brujería almacenados en las grandes bibliotecas que decoran su departamento. “Con un ojo te han mirado, con dos ojos te han ojeado, con tres ojos te han curado” lee en el apartado de jaculatorias.
Reúne amuletos y predica oraciones pero nada cambia, nada sucede. Sofía piensa en probar un antiguo método para corroborar si está ojeada o no: colocar un huevo dentro de un plato y el plato debajo de la cama; dormir y romper el huevo al despertar para descubrir el color de la yema, si la yema es anaranjada está a salvo, si es roja está maldecida.
Si no puede dormir, tampoco podrá cumplir con los rituales. Decide dejarlo pasar: conoce muy poca gente, menos aún gente que pueda envidiarla. Sí teme por su reputación, que en el mundo de las artes podría ser beneficiosa, pero prefiere volver a lo suyo: bosquejar ojos monstruosos, caricaturescos, amorfos, desfigurados.
Los ojos se proyectan y ésta noche ya no tienen tamaño, ni forma alguna. Se ven pupilas, párpados, córneas, pestañas. Sofía arranca ojos de revistas, de folletos, de otros cuadros colgados en las paredes de su casa. Vendados los ojos, ahora pinta con las manos, con comida, con el cuerpo.
“No son artes plásticas, soy una artista conceptual” dice en una falsa entrevista frente al espejo. También explica que sus ilustraciones representan el mundo, la multitud de ojos en una ciudad vacía, el hastío de la población, la visión de las generaciones pasadas y futuras. Sofía se encarga de mentir con sus ojos, con todo el terrible egoísmo de sus ojos abiertos.
4 comentarios:
Me dieron ganas de dormir mas.
me preocupa.
(yo dibujo muchos ojos, siempre, muchos ojos)
(seré un persona de tus escenarios de dementes??)
A esta altura de las circunstancias, espero que Sofía, finalmente, haya podido pegar un ojo.
(¿Vale comentar que todo el tiempo pensé en la staring girl de Burton?)
Muy buen relato.
Me encantó.
Saludos.
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