A las veintitrés horas, cuando salgo del gimnasio, suena mi celular y es Padre, que está en una cena aburridísima y quiere que vaya a rescatarlo. Ah, y por supuesto: hay sushi. Todavía transpirada, vuelo las tres cuadras que separan mi boca de los pescaditos crudos enrollados en arroz.
En el lugar en cuestión veo junto a Padres, a algunas otras parejas del tipo mis-hijos-crecieron-y-ahora-salimos-solos. Muchos besos, muchos qué grande que estás, muchos como van los estudios, y muchos muchos más.
Sólo uno, Anfitrión, me pregunta si tengo novio y pienso en el Jodido, el Innombrable y algunos otros turbios personajes de mi pasado. Me lleno la boca de Sashimis y niego sin hablar. La mirada del Anfitrión se ilumina y mira con ilusión a su mujer, la Anfitriona.
- Querida, mirá qué linda es y no tiene novio, decí que Hijo se juntó con una piba divina, pero... ¿no es perfecta para Sobrino?
- Claro que sí. Sobrino un bombón, todas mueren por él- dice ella con un guiño dedicado más a mí que al Anfitrión.
Me arden las mejillas. Que la tierra me trague así, con palitos chinos y todo.
Anfitrión saca el celular de un bolsillo y los anteojos del otro para decir:
- Esperá que lo llamo y le digo que venga. No te preocupes que vive cerca.
Mis ojos son dos grandes Makis.
- Hola, ¿cómo andás?... sí, pasame con Sobrino... sí... ey! ¿todo bien?... sí... vení para acá, estoy con una chica ideal para vos, y sabés que para las mujeres tengo buen gusto... ah, claro.. sí, no te preocupes... esperá… - cubre el teléfono con una mano y me dice: - Tiene mucho que estudiar y no puede venir, pero me pregunta cómo hacen para conocerse.
Soy de piedra. Si me quedo muy quieta o me hago la boluda lo bastante bien creo tener grandes posibilidades de deslizarme debajo del mantel sin que se note mi ausencia.
Madre, para hacerse la moderna, grita desde la otra punta de la mesa:
- ¿No tiene Facebook?
Si me hago la boluda lo bastante bien, creo que quizás no se note que hay grandes posibilidades de que me desmaye de lleno sobre la salsa de soja. Sigo mi plan, es decir que sonrío. Mientras, Anfitrión retoma la conversación con Sobrino y luego de transmitir la pregunta de Madre se vuelve hacia mí:
- No, no tiene. Pasame tu celular.
Todavía queda la opción de tomar la mayor cantidad de rolls posibles y correr hacia la salida. O la de hacer como si no hubiera escuchado el pedido, y hasta la de dar un número falso. Pero todo eso es muy arriesgado y así que elijo darle de una vez el bendito número.
Tres religiosos días después me llega un mensaje en el que Sobrino me invita a algún encuentro casual, a tomar unos mates o algo así. Durante varios días finjo enfermedad, stress, compromisos, ataques de panico y, cuando ya no puedo fingir, acepto que pase a buscarme un martes a las diecisiete horas por el bar en el que suelo estudiar con Amiga.
El bar ocupa una gran esquina llena de mesitas al aire libre; a Amiga le cuento que estoy a punto de encontrarme con un pibe al que jamás le vi la cara y que ni siquiera tengo una idea de cómo es.
- Lo peor es que no hay chances de que esté bueno. Un pibe de veintitantos que acepta salir con una chica porque se lo dijo su tío y encima parece emocionado al respecto, te firmo que no puede estar bueno.
Durante más de una hora analizamos a cada hombre que pasa por la esquina y tratamos de imaginar las opciones que podrían tocarme vivir esta tarde: Con Colorado al cine; con Bajito a dar una vuelta en moto; con Flaco de Remera Fucsia a una plaza; con Anteojos de Sol a un café por Palermo.
Hasta que en un momento veo que la cara de Amiga se desfigura por completo cuando ella levanta una mano para saludar a alguien a mis espaldas. No quiero mirar, pero entiendo que no tengo más opciones que esperar lo peor.
Y entonces llega Sobrino, con sonrisa deslumbrante y ojos de miel. Unos rasgos tan delicados que bien podrían parecer femeninos si no fuera por la barba y el pelo desaliñado. Me encanta.
Amiga aparta la mesa, tira la silla y se incorpora, todo en un solo movimiento. Perfilando hacia la calle y con una voz cargada de odio, dice:
- No te la puedo creer, sos un imbécil, eso sos…
Mis ojos son dos gigantes Oso Makis. ¿Qué es lo que convierte en imbécil al futuro padre de mis hijos? Sobrino, para mi propia sorpresa, no está tan sorprendido y responde tajante:
Mis ojos son dos gigantes Oso Makis. ¿Qué es lo que convierte en imbécil al futuro padre de mis hijos? Sobrino, para mi propia sorpresa, no está tan sorprendido y responde tajante:
- ¿Qué hacés acá? ¿Qué mierda te pasa ahora?
- La que debería preguntar qué hacés aca soy yo y no me pasa nada, por lo que a mi respecta podés hacer lo que se te ocurra. Lo que me rompe jode… y encima tu tío… qué caradura sos.
- La que debería preguntar qué hacés aca soy yo y no me pasa nada, por lo que a mi respecta podés hacer lo que se te ocurra. Lo que me rompe jode… y encima tu tío… qué caradura sos.
Acto seguido, Amiga empieza a levantar sus cosas. Mis neuronas hacen sinapsis y de pronto lo entiendo todo: Terrible Ex de Amiga y Sobrino son una misma persona. Todo es un desastre: aquella noche debí haber vuelto a casa y haberme pedido un combo Tokio completo. Terrible Ex detiene a Amiga y le dice:
- Deja, acá el que se va soy yo.
Se vuelve hacia mí y agrega:
- Un gusto, disculpá la escenita.
- Un gusto, disculpá la escenita.
Nos da la espalda y efectivamente se va. Quiero gritarle que no puede irse todavía, que todavía no elegimos entre civil o iglesia, entre perro Golden o gato Siamés, entre loft moderno o casa con jardín; quiero gritarle pero sigo mi plan y no digo nada.
Amiga se sienta indignada a insultar entre dientes. Yo trato de consolarla pero ella insiste en quedarse sola, según dice para pensar. Invento alguna excusa para irme sin remordimientos, le tiro unos pesos del café, la abrazo fuerte y me voy.
Amiga se sienta indignada a insultar entre dientes. Yo trato de consolarla pero ella insiste en quedarse sola, según dice para pensar. Invento alguna excusa para irme sin remordimientos, le tiro unos pesos del café, la abrazo fuerte y me voy.
Camino dos cuadras y ahí lo encuentro: cigarrillo en mano, recostado contra la puerta de una casa cualquiera. Vuelve a mirarme y, mientras desliza su brazo por mi cintura, dice:
- Pensé que ya no venías.
- Pensé que ya no venías.