Un calor que aprieta,
que hunde el pecho y hace latir las manos. Estas últimas semanas pesan más que
el resto del tiempo, mientras lo complicado queda en libretas Moleskine que
jamás voy a leer y en partituras que no me animo a tocar. Haga lo que haga,
siempre hay un chino de cinco años en Internet que lo hace mejor que yo. Parece
que el tiempo, mi tiempo, siempre hubiese existido para hacer todo lo que puedo
hacer ahora, pero, por supuesto, sigo sin hacer mucho y no dejo de preguntarme
qué cosas hago sin motivo.
Agarro el violín
y ya tengo el mi perfecto, afinado, puro, que vibra por una fracción de
segundo. En esa nota debería estar, clara también, mi respuesta. Sin embargo,
por ese pequeño intervalo que varía de repente, por duda o quizás sólo por ese
dedo de distancia, se desvía hacia un no menos perfecto mi bemol. El semitono
sorpresivo hace en este jueves de verano, a las once de la mañana, que la
melodía de todas las mañanas del año deje, por una vez, de ser la misma.
Las caras del
público no dicen nada porque de nada pueden enterarse en sus casas, en sus
respectivas actividades comunes de un día cualquiera. En cambio, la cara del
Maestro sí se desajusta, igual que la escala, igual que mis manos y mi postura.
Doy por concluida la clase y, por acto reflejo o porque sí, suelto el arco que
golpea vertical contra las baldosas de colores. El arco se parte justo a la
mitad, en ese espacio entre la madera y las cerdas, y sólo queda en mis manos
la pobre imitación de una varita mágica.
Salgo a la calle,
a una plazoleta con una fuente en el centro, en Florencia todas las calles
terminan en plazoletas con respectivas fuentes en su centro. La gente camina
para todos lados y grita mucho, más que cualquier otro lugar del mundo, Italia
me hace sentir cerca de Buenos Aires. Sentada en el borde de la fuente, mojo
los pies en el agua y el sol me pega en la nuca. Prendo un cigarrillo, y, de
cerca, mis dedos parecen más cuadrados y mis uñas más cortas, aunque los tengo
así hace más de quince años.
Desde donde estoy
todavía puedo escuchar como surge imponente por la ventana abierta del primer
piso el Concierto para Violín en Re Mayor Op.35 de Tchaïkovski, mi preferido. El
trino que comienza en el minuto 6:14, dura exactamente dieciséis segundos, y es
el mejor trino en la historia de los trinos, esas dos notas que se alteran de
forma casi imperceptible recuerdan que la música es más que experiencia,
técnica o destreza.
Apago el
cigarrillo y, con más conciencia de lo que lo hago cada día al tocarla, pienso
en toda la música que escuché durante toda mi vida. Mi profesor en Buenos Aires
decía que salir al escenario es pelear con una chapita como escudo y un
escarbadientes como espada. También decía que yo, después de una vida frente al
público, seguía sin saber hacerlo bien. Tu música es magnífica, pero salida de
un reproductor de mp3, decía, una mierda de reproductor de mp3.
Quiero creer que estudiar en Florencia, con el Maestro,
hombre que respeta tanto el estereotipo de gran maestro que parece haber
estudiado las posturas y vestimentas de cada película de Hollywood, me vuelve
una afortunada. Quiero creerlo, pero de qué sirve todo eso si soy una cajita
musical, si soy una alumna de tercer año de conservatorio repitiendo frase por
frase kilómetros de partitura.
Hago lo que hago
porque puedo, porque me dejaron, porque me pusieron un violín entre las manos, una
partitura en el atril y me dijeron ahora vas a hacer esto. Hay decisiones que
requieren toda una vida para ser tomadas, pero en cuanto uno las toma ya no hay
vuelta atrás, ya no se puede esperar otro microsegundo hasta llevarlas a cabo. Me
sacudo los pies, me calzo las sandalias y entro para encontrarme con el Maestro
y sus pequeños ojos celestes.
Mi scusi signore, digo en mi torpe italiano,
non voglio giocare di più questa musica. Él
me mira con tranquilidad, descruza sus piernas, gira la vista hacia la ventana
abierta y me pregunta, entonces, qué música quisiera tocar. Yo me acerco
despacio al grabador y bajo el volumen por completo, vuelvo a tomar el violín, con
mi arco de repuesto, y le digo: la mia
musica, signore, il tango.