08 abril, 2012

Cajita de música


Un calor que aprieta, que hunde el pecho y hace latir las manos. Estas últimas semanas pesan más que el resto del tiempo, mientras lo complicado queda en libretas Moleskine que jamás voy a leer y en partituras que no me animo a tocar. Haga lo que haga, siempre hay un chino de cinco años en Internet que lo hace mejor que yo. Parece que el tiempo, mi tiempo, siempre hubiese existido para hacer todo lo que puedo hacer ahora, pero, por supuesto, sigo sin hacer mucho y no dejo de preguntarme qué cosas hago sin motivo.
Agarro el violín y ya tengo el mi perfecto, afinado, puro, que vibra por una fracción de segundo. En esa nota debería estar, clara también, mi respuesta. Sin embargo, por ese pequeño intervalo que varía de repente, por duda o quizás sólo por ese dedo de distancia, se desvía hacia un no menos perfecto mi bemol. El semitono sorpresivo hace en este jueves de verano, a las once de la mañana, que la melodía de todas las mañanas del año deje, por una vez, de ser la misma.
Las caras del público no dicen nada porque de nada pueden enterarse en sus casas, en sus respectivas actividades comunes de un día cualquiera. En cambio, la cara del Maestro sí se desajusta, igual que la escala, igual que mis manos y mi postura. Doy por concluida la clase y, por acto reflejo o porque sí, suelto el arco que golpea vertical contra las baldosas de colores. El arco se parte justo a la mitad, en ese espacio entre la madera y las cerdas, y sólo queda en mis manos la pobre imitación de una varita mágica.
Salgo a la calle, a una plazoleta con una fuente en el centro, en Florencia todas las calles terminan en plazoletas con respectivas fuentes en su centro. La gente camina para todos lados y grita mucho, más que cualquier otro lugar del mundo, Italia me hace sentir cerca de Buenos Aires. Sentada en el borde de la fuente, mojo los pies en el agua y el sol me pega en la nuca. Prendo un cigarrillo, y, de cerca, mis dedos parecen más cuadrados y mis uñas más cortas, aunque los tengo así hace más de quince años.
Desde donde estoy todavía puedo escuchar como surge imponente por la ventana abierta del primer piso el Concierto para Violín en Re Mayor Op.35 de Tchaïkovski, mi preferido. El trino que comienza en el minuto 6:14, dura exactamente dieciséis segundos, y es el mejor trino en la historia de los trinos, esas dos notas que se alteran de forma casi imperceptible recuerdan que la música es más que experiencia, técnica o destreza.
Apago el cigarrillo y, con más conciencia de lo que lo hago cada día al tocarla, pienso en toda la música que escuché durante toda mi vida. Mi profesor en Buenos Aires decía que salir al escenario es pelear con una chapita como escudo y un escarbadientes como espada. También decía que yo, después de una vida frente al público, seguía sin saber hacerlo bien. Tu música es magnífica, pero salida de un reproductor de mp3, decía, una mierda de reproductor de mp3.
            Quiero creer que estudiar en Florencia, con el Maestro, hombre que respeta tanto el estereotipo de gran maestro que parece haber estudiado las posturas y vestimentas de cada película de Hollywood, me vuelve una afortunada. Quiero creerlo, pero de qué sirve todo eso si soy una cajita musical, si soy una alumna de tercer año de conservatorio repitiendo frase por frase kilómetros de partitura.
Hago lo que hago porque puedo, porque me dejaron, porque me pusieron un violín entre las manos, una partitura en el atril y me dijeron ahora vas a hacer esto. Hay decisiones que requieren toda una vida para ser tomadas, pero en cuanto uno las toma ya no hay vuelta atrás, ya no se puede esperar otro microsegundo hasta llevarlas a cabo. Me sacudo los pies, me calzo las sandalias y entro para encontrarme con el Maestro y sus pequeños ojos celestes.  
Mi scusi signore, digo en mi torpe italiano, non voglio giocare di più questa musica. Él me mira con tranquilidad, descruza sus piernas, gira la vista hacia la ventana abierta y me pregunta, entonces, qué música quisiera tocar. Yo me acerco despacio al grabador y bajo el volumen por completo, vuelvo a tomar el violín, con mi arco de repuesto, y le digo: la mia musica, signore, il tango.

19 marzo, 2012

Si lo sentís hacelo

Hay decisiones que requieren una vida para ser tomadas, y de repente una tarde cualquiera de un día cualquiera en un bondi cualquiera tomás esa decisión... y ya no podes esperar ni un minuto más para llevarla a cabo.
Sí, ya volví de vacaciones (no, no hace tanto)
Sí, estuve aplazando el momento de volver a este blog (no, no es por el blog, no sos vos, soy yo)
Sí, estoy con problemas a la hora de sentarme a escribir (o de sentarme a hacer cualquier cosa)
pero el amor es más fuerte, aquí estoy.

30 diciembre, 2011

ya me voy

Bueno, no quería irme así sin más, sin al menos pasar a decir que voy a irme por un buen rato a viajar hacia el norte y a ser feliz. Me pongo cursi y agradezco de todo corazón a la gente que pasa por aquí y se toma un ratito para leerme, comentarme, espiarme y todas esas cosas. Espero volver con nuevas palabras y relatos encima para compartirles, pero por sobre todo les deseo un Feliz 2012!
Salud y pesetas!

18 diciembre, 2011

mal de ojo

     Por tercer día consecutivo, Sofía, no duerme. Padece de lo que, en términos médicos, se califica como insomnio inicial, intermedio y final: dificultades graves para conciliar el sueño, dormir con interrupciones y despertar mucho antes de la hora planeada. Cuando logra dormir, nunca lo hace más de cuatro horas. Vive despierta.
     En la primera noche dibujó ojos gigantescos, tanto como para cubrir con solo uno sus cartulinas de metro y medio por dos. Su profesor de biología de tercer año le dijo que hay que aprender a trabajar con los elementos que se tienen entre manos y, Sofía, siempre dibuja sobre sus cartulinas blancas con fragmentos de carbonilla.
     Sin embargo, delinea ojos verdes, celestes, amarillos y muy pocas veces ojos negros de carbón. Son ojos extasiados, ojos suspendidos, caóticos, fascinados y hasta desencantados. Las líneas se curvan, se mezclan, se complican, pero Sofía no sabe dibujar, es secretaria en una oficina de ocho a seis todos los días.
     La segunda noche fue de ojos pequeños, diminutos, reducidos como puntos, píxeles, rayitas.Ojos ensimismados y amontonados: ojos entrecerrados. Sofía ya no quiere mirar: todo le duele, todo le cuesta; el insomnio le cierra el apetito y el hambre no la deja dormir.
     Sofía se define como noctámbula, nostálgica y tanguera. Y, aunque nunca haya entrado a una milonga, ayer tarareaba por lo bajo La Última Curda mientras afilaba un viejo lápiz de carbonilla que había encontrado en el recipiente de cucharones y espátulas del último estante de la cocina.
    Hoy, en su tercera noche sin dormir, Sofía, que desde hace años prueba todo remedio confiable y no confiable que existe en el mercado para curar su enfermedad, piensa que tal vez una persona puede ser capaz de producir mal a otra sólo con mirarla. Y, aunque sabe que los principales síntomas del mal de ojo son adormecimiento y pesadez, ella de todos modos se siente perseguida.
    Llama al trabajo para avisar que hoy tampoco va a poder asistir, ni cumplir con sus responsabilidades; para luego tomar viejos libros de brujería almacenados en las grandes bibliotecas que decoran su departamento. “Con un ojo te han mirado, con dos ojos te han ojeado, con tres ojos te han curado” lee en el apartado de jaculatorias.
    Reúne amuletos y predica oraciones pero nada cambia, nada sucede. Sofía piensa en probar un antiguo método para corroborar si está ojeada o no: colocar un huevo dentro de un plato y el plato debajo de la cama; dormir y romper el huevo al despertar para descubrir el color de la yema, si la yema es anaranjada está a salvo, si es roja está maldecida.
     Si no puede dormir, tampoco podrá cumplir con los rituales. Decide dejarlo pasar: conoce muy poca gente, menos aún gente que pueda envidiarla. Sí teme por su reputación, que en el mundo de las artes podría ser beneficiosa, pero prefiere volver a lo suyo: bosquejar ojos monstruosos, caricaturescos, amorfos, desfigurados.
     Los ojos se proyectan y ésta noche ya no tienen tamaño, ni forma alguna. Se ven pupilas, párpados, córneas, pestañas. Sofía arranca ojos de revistas, de folletos, de otros cuadros colgados en las paredes de su casa. Vendados los ojos, ahora pinta con las manos, con comida, con el cuerpo.
     “No son artes plásticas, soy una artista conceptual” dice en una falsa entrevista frente al espejo. También explica que sus ilustraciones representan el mundo, la multitud de ojos en una ciudad vacía, el hastío de la población, la visión de las generaciones pasadas y futuras. Sofía se encarga de mentir con sus ojos, con todo el terrible egoísmo de sus ojos abiertos.